Es un extraño momento el de la Argentina. Al mismo tiempo que con felicidad festejamos haber alcanzado doscientos años de la Revolución de Mayo de 1810, se percibe una tristeza y desesperanza producto de advertir que la crisis que durante años venimos percibiendo como socioeconómica es en realidad mucho más profunda.
Al recordar el paso de aquellos años de historia se perfila una identidad que con sus cambios, sus grandes giros y contrastes al menos tuvo siempre una constante: el talento argentino.
Este talento natural, este don existente en nuestros grandes hombres y mujeres que a lo largo de estos dos siglos brillaron en el arte, las humanidades, la ciencia, la economía, la educación, los credos, el sindicalismo y la política nacional e internacionales parece haberse ido angostando y entrando en una profunda crisis que afecta a todas los componentes de nuestra sociedad.
Así hoy parece claro que nos cuesta encontrar líderes tan preclaros como antaño, dirigentes con visión de comunidad, con sueños inclusivos y altruistas; pareciera que hay menos empresarios con una firme visión de país, menos sindicalistas que piensen más allá de su sector.
Algo nos pasa como sociedad que estamos cada vez más fragmentados, crispados y enfrentados a menudo por nimiedades mientras los grandes temas del pueblo quedan sin resolver, con los puentes del diálogo rotos, impidiéndonos una salida digna a nuestra permanente crisis. La excepción permanente encuentra cultores y dirigentes que la fomentan en vez de combatirla, movidos por intereses egoístas y hegemónicos.
Este momento argentino es inusual. Nos hemos acostumbrado a décadas de talento continuadas, a observar como nuestros hombres y mujeres si no encontraban un campo fértil donde florecer aquí lo hicieron en otros países.
Tal vez donde resultan más visibles nuestras limitaciones actuales es en el campo de la política. En razón de ello es que, movido por mis inclinaciones familiares y mi propia pasión ingresé junto a un grupo de jóvenes a la política a traer aires nuevos, y sobre todo un cambio de estilo. Este cambio incluye el propósito de gobernar el país aprovechando la experiencia de mayores y empuje de los jóvenes, crear espacios para pensar técnicamente soluciones que de la mano de la política lleguen a la gente para mejorar su calidad de vida.
En este espacio creemos que a los valores de cambio y compromiso, de proponer antes que destruir, de aportar antes que descalificar van en un busca de una república y una sociedad integrada en donde todas las partes que la componen puedan convivir armónicamente.
Para hacer frente a este momento tan particular de la política y del país, estoy convencido de que solo se puede ser libre en la medida en que se participa de una comunidad que es capaz de influir sobre su propio destino, una comunidad en donde no hace falta temerle a que la gente participe de las decisiones.
Indudablemente, este momento argentino al que me refiero está poniendo sobre la mesa nuevas necesidades, basadas en un triple objetivo:
.- Crear las condiciones para una movilidad ascendente dentro de la comunidad. Esto es radicalmente diferente a quienes proponen que quienes hayan pasado la línea de pobreza hacia abajo deben permanecer allí cautivos y clientes de un sistema que los mantiene inmóviles e incapaces de influir en las decisiones de la comunidad.
.- Crear las condiciones para que exista una recompensa por el esfuerzo, esto es que quien más merito haga, mas recompensa tenga. En esto, queda de la vereda de enfrente de quienes sostienen que hay que igualar hacia abajo, y que el pueblo solo debe obedecer a un líder lejano y rencoroso que toma por el todas las decisiones, impidiendo que incluso hasta en su entorno más cercano nadie sea capaz de hacer méritos para independizarse, ni para obtener un cambio para sí o su comunidad.
.- Crear las condiciones para que, independientemente del lugar en donde se esté en la dinámica social, se genere un “nosotros” un verdadero sentimiento de identificación con la causa común de una argentina que incluya y no que expulse, una organización política y económica que ayude a los buenos ciudadanos y a producir “más buenos ciudadanos, cada vez más.”
Para la salud política del Estado y de sus instituciones, este es un momento de cambio. Y este cambio se producirá tarde o temprano. La gente lo ha comprendido mucho antes que los políticos y por eso es que el verdadero debate político que subyace en la actualidad debajo de las discusiones que por cada tema se dan en el Congreso y en cualquier ámbito de la sociedad es como hacemos para que aquellas condiciones sean posibles.
Tal vez ya es momento de preguntarnos cómo es posible que toleremos que el país esté lleno de argentinos inermes ante la inseguridad, ante el delito, ante el hambre, mientras otros sonríen ante las cámaras diciéndose entre sí lo fantásticos que son por sus avivadas, por sus mezquindades, por haber aumentado su patrimonio a cada año una cifra exorbitante tras otra.
¿Hasta cuando abusaran de nuestra tolerancia quienes así actúan? ¿Hasta cuándo seguiremos esperando que reverdezca el talento argentino desperdiciado sin crear las condiciones para que lo haga? ¿Quiénes se benefician de este instante gris de nuestra historia?
Es momento de que todos en la sociedad, incluidos quienes tienen responsabilidad de conducción en cualquier ámbito, se involucren en una verdadera transformación de la Argentina en una República de virtudes cívicas y comunitarias. No hay más espacio para elucubraciones pequeñas. por la salud de nuestro Estado, es preciso cambiar, crecer, recuperarnos y asegurar para nosotros y los que vienen una Argentina donde el momento actual sea solo un recuerdo que nos sirva para saber qué es lo que no hay que hacer más en el futuro.
Jorge Triaca
Diputado Nacional